lunes, 11 de septiembre de 2017

Nadar de noche, de nuevo.




Nadar de noche, de nuevo, es sentir ese momento de vacilacilación.

Nadar de noche no es una decisión, es algo que se hace. En septiembre el relente del atardecer deja la arena cubierta de humedad. El rumor de las olas se calma justo en el momento de ponerse el sol. El olor a mar es mucho más denso una vez que la luz se deshace en jirones naranjas, violetas, bermellones, amarillos y blanquinos. Cuando las nubes se hacen opacas y grises y la claridad desparece el mar se hace mucho más presente. Es una pregunta. ¿Vienes?.

La ropa sobre la arena, el primer paso no se siente. Las olas lamen  los pies y sientes que te arrastran. Pero entonces llega la vacilación, ¿de verdad voy a sentir ese frío plateado?, la luna arranca reflejos rotos sobre las aguas. Es la aprensión, es pensar qué habrá bajo la cubierta del mar.

Nadar de noche también es saltar hacia el mar, el agua te envuelve y pierdes la sensación de peso en el cuerpo. Bucear, desplegando los brazos, sintiendo el empuje del agua, tiene mucho de volar. Pero de noche no ves aunque abras los ojos. Nadar de noche es aceptar. El agua deshace los rizos de mi pelo, se me pega cuando salgo a la superficie. Una vez pensé que el horizonte sería la calma, ahora en la noche puedo ver los barcos aproximándose al puerto. Cuando echo la cabeza hacia atrás el agua resbala por mi cara y vuelve a unirse al mar. Me extiendo, creo que puedo tocar todo lo que el agua alcanza. Me dejo flotar boca arriba, Nadar de noche es sentir. Y no pensar. No sentir que piensas.

Me giro, la corriente me arrastra. Tengo que dar unas brazadas para llegar a un punto más seguro. Nadar de noche es nadar. Como ya conté el septiembre pasado. Septiembre es nadar de noche.

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