domingo, 4 de septiembre de 2016

Nadando de noche

Unas pocas notas de piano rasgan suavemente el silencio. La secuencia se repite.

Me acerco a la orilla. El agua se desliza entre mis tobillos, dejando surcos en forma de cono donde están mis pies.

La voz de Michael Stipes es estridente y algo nasal, pero él sabe convertirla en una cadencia casi susurrante. Nightswimming deserves a quiet night.

El primer paso, atravieso el rompeolas. Llega el momento de vacilar, de querer dar la vuelta y marcharme. No me gusta sentir agua fría en el vientre, a ninguna mujer el gusta según me han comentado. Me mojo el pelo, dwalizo la goma para soltar la coleta, y los rizos se deshacen bajo el peso del agua.
Salto de cabeza para zambullirme, siempre tengo la misma sensación se sobresalto cuando entro en el agua, estiro los brazos y buceo un rato. El agua me envuelve, me acaricia y me mece a la vez en un beso espeso. Es lo que quería sentir, aunque a veces rechaze el contacto demasiado denso.

Salgo al aire, el olor a pescado es mucho más fuerte por la noche. A pocos metros de la orilla el agua está más tibia. Las olas del mediterráneo son pequeñas y rizadas en las noches tranquilas. Me tumbo de espaldas y me dejo llevar. No tengas miedo al agua. No tengas miedo. Mueve los brazos y los pies para flotar...

The photograph on the dashboard taken years ago. Mike juega con mi memoria.
...No tengas miedo, nada. Tengo seis años, veo por primera vez el mar, me han hablado muchas veces de él y acojo la novedad con la indiferencia de los niños que asumen el relato de los adultos. Me dicen que tengo que aprender a nadar, y que para hacerlo hay que mover los brazos si quiero flotar, que tengo que aprender rápido porque en pocos días subiré a una barca y tendré que nadar donde no doy pie, y si no lo consigo me ahogaré. Lo asumo, mojarse en la orilla es divertido. Estoy en una barca de pedales, tal vez a más de 50 metros de la orilla, me dicen que me tire al agua y mueva los brazos. Floto. Bueno...estoy escribiendo esto, ¿no?. Floto y muevo los brazos, me dicen que he aprendido a nadar. Pero lo que siento es que el agua me acaricia y me envuelve. No hay que temer al agua...

The reckesness in water...
No hay que temer al agua, pero hay que conocerla. Nado, el Atlántico es más fuerte que el Mediterráneo al que estoy acostumbrada. En ese día caluroso de agosto tengo doce años y un chico se dirige rápidamente hacia mi. No quiero que me alcance, pero lo hace. Me grita, me advierte que voy directa hacia un remolino, que me aleje. Hay que conocer el agua para confiar en ella. Hay que conocer las playas para nadar en ellas. Nunca salgas a bucear sola. No temas. pero conoce.

Vuelvo a meter la cabeza en el agua. Puedo bucear unos segundos, un minuto, no lo sé. Porque no quiero saber el tiempo que paso así. Sólo sentir que no percibo el tiempo, que todo transcurre en ese estado en el que se siente pero no se narra, entre inspiración e inspiración, en un movimiento sin discurso interior.

Pienso que no te conozco. Si pudiera extender los brazos y tocarte. Si supiera atravesar el espejo opaco de una sonrisa. Deslizarnos en círculos en la fuerza de la corriente. Tal vez pueda ser algo también para ti. Por el tiempo que dure. Por cuántas veces pueda volver a hacerlo. Porque la eternidad es la bendición de no pensar y sólo sentir el tacto del agua. Porque la eternidad es este instante.
 

I forgot my shirt at the water edge...
Más quisiera haber olvidado yo. Si hay algo más estúpido que nadar con ropa es salir a secarse con esa ropa. Según voy saliendo retomo la sensación del peso de mi cuerpo. Siento mis piernas pesadas por el masaje de las olas. Siento mis brazos caídos. Odio el tacto de la ropa mojada sobre mi piel.
Nadar de noche en una noche de luna menguante, se hace bajo la luz de unas farolas. Estoy vestida y odio el peso del bikini sobre mi cuerpo. Un ligero olor a sudor se junta con el iodo y el recuerdo del aroma a pescado en mi piel.
Me envuelvo con una toalla porque la humedad del bikini me molesta mucho.
La noche es tan cálida que el aire parece apresado en una la danza cansada de una brisa tropical. Bajo la luz de la farola revolotean varios murciélagos cazando mosquitos. Maldigo el calor del levante que ha alejado de esta playa el chillido bibrante de los vencejos al atardecer. Algunos aviones comunes chisporroteando apenas consiguen recordarlos.

Me alejo de la playa.

The photograph reflects
Every street light

Bajo la luz de las farolas.
La voz de Mike Stipe se apaga. En el video se oyen varios segundos de grillos. Los murciélagos trinan bajito (oh, sí, los murciélagos cantan).
Mi cuerpo lacio. Me voy.
He nadado de noche.



Y el post se diluirá en una semana, pienso. Mientras me alejo. Mientras lo escribo. En ese momento en el que no hay narrativa. Entre inspiración e inspiración.


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